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sábado, enero 15, 2011

Acantilados de papel, 334: Correo interior

FICHA:
CORREO INTERIOR
de Dionisia García
Edita: Editorial Renacimiento
Sevilla, octubre de 2009
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-8472-480-3
184 páginas. 16 euros
Página del libro.
Prólogo de Soren Peñalver.

COMENTARIO de Natalia Carbajosa.
Este libro de Dionisia García guardaba dos sorpresas para mí: la primera, la cita que encabeza el libro, de la escritora italiana Natalia Ginzburg. Para quienes llevamos ya años prendados –y prendidos– de las palabras de Natalia Ginzburg, nuestra relación con la escritura ha quedado por fuerza modulada por la de ella: una relación vital, sin pretensiones, rotunda e indefinible más allá de sí misma.

La segunda sorpresa de este libro es la creación/recreación de ese espacio mítico y mágico de la infancia al que la autora otorga el nombre de ficción de Alendero. El Alendero de Alejandra, la niña protagonista a través de cuyos asombrados ojos todo va adquiriendo forma y color en el relato, guarda muchas semejanzas con el pueblo de mi infancia, un pueblito del noroeste de Zamora donde pasaba los veranos, y con todos los pueblos de los niños que han tenido la suerte de conocer una infancia rural: el Valdargar de Benito Estrella, el Bavington de Kathleen Raine, los pueblos castellanos de las novelas de Gustavo Martín Garzo.

No se trata, ni Dionisia lo pretende en ningún momento, de idealizar escenarios que tenían más de miseria e ignorancia que de cualquier otra cosa. Ahora bien, ya sea porque, irremediablemente, el paso de los años nos inste a aferrarnos a nuestros orígenes con una mirada condescendiente; ya sea porque aquellas vidas ínfimas y aquellos escenarios desolados se nos antojan más reales que cualquier otro lugar que hayamos pisado después, cercanos a nuestro genius loci individual y protectores de nuestro maltrecho sentido de pertenencia, nuestro vagar por el exilio de la vida en busca del camino de vuelta a casa, Correo interior es un libro que traspasa las fronteras de su propio topos particular y queda inscrito en el tempo mitológico, sin espacio claramente adscrito, de la iniciación de toda vida humana. Huérfana de madre desde muy niña, Alejandra/Dionisia no es, sin embargo –como por desgracia sí lo son muchos niños de ahora, encerrados en lugares que no son pueblos ni ciudades, y traídos y llevados por las prisas de los adultos–, huérfana de ese espacio a un tiempo cotidiano y trascendente.


Por los hogares y las calles de Alendero desfilan personajes que son en sí mismos dignos de una novela exclusiva, que parecen querer salirse del relato y que dan a la narración una inagotable continuidad discontinua, donde hasta lo sobrenatural encuentra un acomodo sereno, sin ninguna estridencia. Junto a ellos, y en constante relación, están los animales del campo y de las faenas agrícolas, los enseres de trabajo y los oficios, las casas amplias, oscuras y misteriosas con su mobiliario antiguo, los primeros libros, el cine, el circo, los motivos religiosos, las palabras que no aparecen en ningún diccionario, el paisaje manchego –su desnudez–, los atardeceres de interminable encuentro entre el cielo y la tierra, los alimentos humildes pero contundentes, el frío y el calor –las estaciones–, la guerra y la posguerra, y también la muerte. La muerte presente en el día a día no de un modo trágico, sino perfectamente asimilada y aceptada por quienes con ella conviven.


Mención especial merece, por el intenso vínculo afectivo con la pequeña Alejandra, abuela Teresa, un personaje que, al igual que el propio Alendero, trasciende lo concreto de sus rasgos –mujer de pueblo, analfabeta, dotada de una inteligencia y un sentido común capaces de afrontar cualquier adversidad–, para convertirse en un trasunto de esa Madre Coraje, esa figura poderosa que desde siempre ha dominado las relaciones, más matriarcales que patriarcales, del ámbito doméstico. También esto está cambiando hoy, y seguramente para bien. Pero para una niña no hay experiencia comparable a la de ver en su abuela la fuerza, la inquebrantabilidad de una montaña:

Alejandra miró a su abuela, sus ojos se detuvieron en el pelo blanco y tirante, en el perfil de su rostro, en las manos morenas, entre el ir y venir de las agujas. Le gustaba mirarla, y que durara siempre.(pág. 61)

“Qué somos sino memoria”. Así comienza Dionisia García su Poética en la antología de poetas de los 50, En voz alta, recopilada por Sharon Keefe Ugalde y publicada por Hiperión en 2007. No en vano, el poemario que la confirmó como una voz poética de peso en nuestro país lleva por título Mnemosine. Dionisia García realiza, en Correo Interior, un necesario ejercicio de memoria. Y aunque la segunda parte del libro cuenta cómo Alejandra sale de su pueblo para poder estudiar, cómo su vida se va distanciando físicamente de Alendero, reconoce que éste seguía siendo su centro vital. Y no me cabe duda de que, ahora que tenemos la oportunidad de preguntárselo a su autora, Dionisia nos confirmará que ese sigue siendo su centro, y que ella sigue siendo –aparte de otras muchas posteriores– aquella niña observadora y silenciosa, dada a la introspección, y que abuela Teresa sigue planeando sobre su vida como un cometa luminoso cuyos destellos se advierten sobre todo en las noches en que más conscientes somos de la pérdida. Gracias, Dionisia, por este libro hermoso, y por ser centinela de los confines de la memoria y de los espacios arquetípicos que ésta nos brinda.

1 comentario:

Mercedes Pinto dijo...

Desde luego la reseña es muy sugerente... Tengo mucha lectura pendiente, pero este libro ocupará un lugar preferente en la cola. Creo que Dionisia García y su "Correo interior" me van a gustar.
Un placer venir por este espacio.