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viernes, septiembre 07, 2012

Acantilados de papel, 428: El segador

Terry Pratcchett
El Segador
Traducción de Cristina Macía.
Debolsillo, 2003


Imaginad a un novelista barbudo y risueño esperando, tranquilamente, sentado en un campo de maíz.

Hace tiempo cayó en mis manos, por insistente recomendación, El Segador, de Terry Pratchett. Aquellos que te quieren suelen encomendarte a buenos libros. Por entonces, yo era un modélico escritor adolescente (un perfecto idiota) que consideraba el concepto del Mundodisco una aberración. Sin embargo, ese relato centrifugó mi alma y dinamitó mis puntos de vista: la misión de un buen libro.

El Segador resulta la novela perfecta; es breve y cuenta con todo lo que puede pedirse a la literatura: intensidad, entretenimiento, emoción, reflexión y belleza.

Sería harto complicado resumir el Mundodisco. Baste decir que son "historias cóctel": fantasía, humor, crítica y pensamiento sobre la existencia. Es imposible aislar sólo un aspecto: todo viene en bloque indivisible. Pienso que se trata del mejor libro para acercarse al inabarcable universo de Pratchett, tanto si deseamos un punto de despegue, como si preferimos sólo un volumen (estamos ante una narración independiente que se sustenta por sí misma).

El lenguaje se presenta cercano, ocurrente y también lírico cuando es necesario. Destila ese cómico distanciamiento con el que se deben relativizar los dramas y preguntas importantes en la vida. Pratchett, como alguien me comentó una vez, demuestra que hay quienes se disfrazan de escritores, y otros que lo son, al tocar tu espíritu con sus palabras y sus historias.

La novela se divide en dos argumentos. Uno cuenta las aventuras de la Muerte, que al verse destituido de su puesto, se pone a trabajar en una granja, decidido a experimentar eso que supone "estar vivo", desempeñando lo que mejor sabe hacer: ser un segador. La otra trama describe las aventuras de un mago que, dado el vacío legal cósmico creado con el asunto anterior, no puede descansar en paz cuando llega su momento, porque la Muerte no ha venido en persona a buscarlo, como es el derecho de todo mago. En ambas líneas, sin embargo, subyace el tema fundamental: descubrirse a uno mismo al verse obligado a comprobar la realidad desde otro punto de vista.

Alternando ambas historias, que se distinguen mediante la tipografía, el autor nos lleva de la mano sin descanso hasta un desenlace lírico. Realiza por el camino una crítica al mundo consumista de los centros comerciales, una advertencia respecto a adoptar posturas emocionales demasiado rígidas, y una defensa de que alguien que ama su trabajo resulta ser quien mejor lo desempeña, porque "¿qué podría exigir la cosecha, sino importarle al segador?".

Imaginad campos de maíz meciéndose al viento, mientras una figura alta y sombría, con una guadaña, aparece detrás del novelista, hablando en mayúsculas.

Como puntos menos pulidos, la edición de bolsillo presenta algunas erratas imperdonables, problema que también he observado en otros libros de la misma editorial. Respecto al ritmo del texto, quizá la parte previa a la conclusión resulta demasiado acelerada, pero se comprende: estamos en una novela de fantasía, y requiere acción trepidante en ciertas ocasiones. Además, el verdadero desenlace no es la resolución del conflicto, sino la aceptación del cambio y el auto conocimiento.

El traductor, en multitud de ocasiones, es el gran olvidado. El trabajo aquí realizado es ejemplar y cuidado, ya que estas obras se apoyan en giros idiomáticos, complicada comicidad léxica y juegos de palabras. Sin embargo, seguramente algunas bromas intraducibles se pierden por el camino, por lo que se echan en falta notas del traductor que las expliquen; probablemente no se lo hayan permitido.

Señalaba, al principio, que la gente que te quiere suele encomendarte a buenos libros. El que suscribe, como quiere a sus lectores, os recomienda El Segador. Si, tras su lectura, no os ha colocado al borde de la lágrima sincera, respetaré vuestra opinión, pero pensaré que carecéis de alma...

Imaginad a nuestro escritor disponiendo con su Muerte, cuál ha de ser el momento de la cosecha, antes de que la enfermedad del Alzheimer termine con su mente. Los dos se quedan observando el sol que baña los maizales con una amplia sonrisa...

Porque, señor Pratchett, con ese Segador a mí no me importará ser la cosecha...

Fernando López Guisado

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