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viernes, octubre 12, 2012

Acantilados de papel, 442: La puerta

Natsume Soseki
La puerta
Impedimenta, septiembre de 2012


Tal vez Sosuke y Oyone sean la pareja más gris que he conocido a lo largo de mi vida como lector, y posiblemente sean, sin lugar a dudas, quienes más unidos he encontrado, y más conformes, con esa anodina vida, con esa banal existencia en un lugar tan inopinado como la base de un barranco.

Él mismo, Sosuke se siente como el fruto de un destino aciago, un destino que le había elegido entre miles, entre millones de personas que viven en el Japón de principios de siglo XX, y, pensar en ello, le irritaba profundamente, como el lector podrá conocer cuando avance por la lectura de esta obra, considerada por la crítica una de las obras literarias más profundas de la edad moderna del Japón, como nos precisa la contraportada del libro.

La puerta nos narra, en efecto, la anodina vida de un oficinista tokiota de mediana edad- aunque a lo largo de la lectura nos parecerá mucho mayor, al menos bajo los criterios occidentales de la edad, o mejor, de la actitud- quien vivía sus días de juventud con una exuberancia irreductible y que vio como el espléndido futuro que se abría ante él se truncó hace muchos años, mientras cursaba estudios en la universidad; y la de su mujer, Oyone. Un tercer elemento introduce el autor en la obra, que será fuente de conflictos, a raíz de la muerte de un familiar, Koroku, el hermano menor de Sosuke, quien le despreciaba en lo más profundo de su corazón.

Una novela definida como de "una sensibilidad exacerbada", que, en efecto, hay momentos que irrita por que no ocurre nada, pero que su narrativa- y aquí el trabajo de los traductores ha sido esencial, como oportunas y precisas son sus notas a pie de página- empuja a seguir leyendo, buscando el secreto de esa vida banal de la pareja, un secreto que empezaremos a descubrir a partir de la página 190, tras la revelación por parte de Oyone a su marido de un problema que definitivamente marcará sus vidas.

Sosuke decide entrar, durante una semana o diez días, en un templo zen, y en aquel retiro, meditar sobre su destino... en espera de la primavera.

 

Francisco Javier Illán Vivas

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