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sábado, diciembre 15, 2012

Acantilados de papel, 456: Cabo Trafalgar

Arturo Pérez-Reverte
Cabo Trafalgar
Alfaguara, 2005

Hay libros que tardo años en leerlos. Algunos, justo es reconocerlo, porque no consigo pasar de las primeras páginas, pero algo me dice que no me deshaga de él (ya os he contado, desconocidos lectores, lo que hago con esos libros que no se merecen ocupar un lugar en mi biblioteca), y ahí quedan meses y meses, años y años. Por ejemplo, es el caso que me ha ocurrido con el que estoy leyendo en estos momentos, mientras escribo estas líneas, Una cuestión personal, que he tardado diecisiete años en pasar del primer capítulo. Pero otros, ya os digo, los reservo casi como un tesoro especial, para disfrutarlos más adelante, postergando su lectura para cuando acaba la que- en cada momento- tengo entre manos y, así, se pasan semanas, meses, años.

No es otro el motivo de tardar tanto en leer Cabo Trafalgar, de Pérez-Reverte. Lo adquirí el 17 de agosto de 2005, y desde entonces se ha mantenido impertérrito entre los pendientes de leer, hasta que hace unas semanas- poco después de publicar el nº 29 de la revista Ágora papales de arte gramático, por cierto, dedicada al mar / a la mar- me decidí a enrolarme en el navío Antilla, bajo pabellón español, para combatir en Trafalgar.

Pocos lectores no conocen al autor nacido en Cartagena, algunos menos no habrán leído alguna de sus obras, y en escasísimos lugares no se habrá, a lo largo de los últimos siete años, reseñado o criticado Cabo Trafalgar, circunstancia que libra al comentarista actual de detenerse en una acción cuyo final conocemos, no sólo por la excelente novela de Pérez-Reverte, sino por la historia. Y, en Londres, podemos visitar la excelsa plaza de gigantesca columna y descomunales leones que nos recuerda la victoria inglesa sobre la flota hispano-francesa.

Cabo Trafalgar es ya un clásico de la literatura naval, que ha merecido la pena dejar esperar, madurar, coger cuerpo, como si de un reserva se tratase.

Este es uno de los "libros de guardia", para leer inmediatamente después de que nuestros impenitentes ojos lectores hayan tenido el disgusto de encontrarse con un libro digno de la piscina de Paco Umbral.

Francisco Javier Illán Vivas