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sábado, diciembre 22, 2012

Acantilados de papel, 458: Una cuestión personal


Kenzaburo Oé
Una cuestión personal
Círculo de Lectores, 1994

Una cuestión personal tenía todas las garantías para ser un libro que jamás terminase de leer. Por esa extraña costumbre mía de fecharlos, sé que comencé a leerlo en octubre de 1995, pero no pude pasar del primer capítulo.

Me quedé con Bird, el personaje, en la plaza, aguardando un taxi y viendo como su diente roto rebotaba en la acera, tras un escupitajo que no estuvo exento de sangre.

Pero hace unas fechas, el 3 de diciembre, buscando un libro para leer, me dije que debería conocer definitivamente qué ocurrió con él y averiguar si realizó su soñado viaje a África.

Puede que, como ocurrió cuando reseñé Cabo Trafalgar, todos los desconocidos lectores y lectoras de estos no tan abruptos Acantilados sepan qué ocurrió con la vida y el destino de Bird, pero no puedo evitar contar esta extraña aventura personal del joven japonés, profesor fracasado, aficionado al alcohol- batiendo récords de permanencia bajo sus efectos- quien piensa que sólo escapando a África le librará de una existencia vacía, sin sentido y, a la que si algo le sobraba, era la llegada de un hijo monstruosamente deformado por una hernia cerebral.

"La cabeza vendada, como Apollinaire..." es la impresión que le da su hijo, mientras le acompaña en la ambulancia que le lleva a un nuevo hospital donde podrán atenderle.

"En esta época que nos ha tocado, resulta difícil afirmar que haber vivido es mejor que no haberlo hecho", palabras que aún deben resonar en su cabeza, pronunciadas por su suegro, cuando se acercó a la universidad donde es profesor, a informarle de las circunstancias del nacimiento de su primer nieto.

Mientras su mujer está convaleciente en el hospital, y su hijo se debate entre la vida y la muerte en otro- y donde deciden darle agua con azúcar en vez de leche- él, Bird, busca a Himiko, una amante juvenil, y se sumerge en una búsqueda sin esperanza de alcohol y sexo, pierde el trabajo, se aísla de todo y decide que el bebé monstruo es su problema, es su cuestión personal.

Un bebé que significa el final de todos sus sueños, de sus esperanzas de una vida mejor, de escapar de la opresora sociedad del Japón de aquellos años y que le plantea, con maestra pluma el autor, un dilema moral y vital, cuyo desenlace sorprende mucho más.

Kenzaburo Oé nos desgarra con una desolación que casi hace nuestra, y nos salva a fuerza de perseverancia.

Francisco Javier Illán Vivas