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sábado, junio 12, 2010

Acantilados de papel 301: Las congregadas del vaso


FICHA:
LAS CONGREGADAS DEL VASO

de León Asuero
Edita: Editorial Aladena, S.L.
Málaga, febrero de 2010
Género: Misterio
Encuadernación: Rústica
ISBN: 9788492510221
363 páginas.
Página del autor.
Página del libro.


COMENTARIO de Francisco Javier Illán Vivas.
Las Congregadas del Vaso es una novela más de esas que tratan sobre los secretos de la Iglesia, un tema demasiado recurrente en la literatura actual, y que nos presenta una nueva visión de tales secretos, contados por el propio templo alrededor del cual se van a desarrollar los acontecimientos, y que es una agradable novedad entre tantas cosas iguales. Siempre se ha dicho aquello de que “si las piedras hablasen”, y León Asuero ha querido que así ocurra con las de la Iglesia de las Ánimas, de su amada Sevilla, por que, eso sí, en esta novela, el lector o lectora va a encontrar mucho amor por cada una de las piedras de su ciudad.

Adornará la acción con tres personajes que tienen una relación de amor-odio que, para este lector, ha sido el motivo angular de la lectura: una abogada que sabe lo difícil que es cobrar a los clientes de las tres “pes” (putas, parientes y pobres); una juez de ascendencia musulmana que se sabe demasiado bella como para aceptar el destino que su padre le había buscado en su Melilla natal; y un proyecto de inquisidor que tiene miedo a tantas cosas que le convierten en un psicópata asesino.

Junto a tales personajes, las componentes de la Congregación de la Santísima Virgen del Vaso, Elenita, doña Cástula y doña Angustias, aunque el número máximo fuese siete, y siempre mujeres, con un canónigo, en esta ocasión, don Custodio. ¿Su misión? Dar culto a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora del Vaso. Pero en la novela no es todo tan sencillo ni beato, pues una Fraternidad (no podía ser de otro modo en esta novela) busca el secreto que se supone custodian las Congregadas y es capaz de matar para alcanzarlo. Y ellas, ellas...

León Asuero ha tenido el acierto, a mi entender, de situar esta novela en Sevilla, un lugar como ningún para hablar de Hermandades y Cofradías, aunque la realidad de éstas sea mucho más festiva que guardar arcanos secretos. Sus personajes, no obstante, están protegidos por un dios que ellos sabrán cual es, pero que les evita mancharse de sangre, de que la policía científica encuentre ninguna prueba, ni tan siquiera adn de contacto, y eso que sangre e invasión de domicilios hay mucho (todo rito tiene, desde siempre, su anti rito, y todo daño tiene su reparación. Así, toda ofensa tiene su perdón, frase que encontraréis en la pag 180, y os puede dar una idea).

Otra peculiaridad de la novela que nos ocupa son los títulos de los capítulos, unos en mayúscula, otros en minúscula, y otros precedidos de una cruz, escritos en castellano antiguo, a doble columna por página. Cuesta leerlos, incluso producen dolor a los ojos, pero seguro que no llega al de la maldición de la gitana: “malos dolores te den y te mueras solo y bocabajo”, pag. 188.

Terminaré lamentando que la editorial no haya cuidado más el texto, posiblemente ya la profesión de corrector no existe, y por eso se escapan “iete años”, “signifi cativo” o “Draternidad”, por citar algunos ejemplos.

El historiador Francisco Gijón decía, en el epílogo de su novela, El secreto de Nicea, que con ella también quería hacer un guiño irónico a tantos libros que han inundado el mercado, y siguen inundándolo, sobre los “exagerados y oscuros secretos ocultos tras la opaca cortina del Vaticano. Las cosas no son tan complejas ni retorcidas como muchos desearían”, y que- explotado ese filón hasta la esquilmación- ahora se van extendiendo a los muros de cualquier Iglesia, a las paredes de cualquier casa, chalet, piso, adosado, apartamento, mansión, castillo, bungaló o caravana donde viva o pueda vivir una persona que sea Católica.

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