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sábado, febrero 12, 2011

Acantilados de papel, 341: El minuto interior


Rubén Martín Díaz
El minuto interior
Madrid, Rialp, 2010.
Col. Adonáis.
Premio Adonáis 2009.
66 págs.


COMENTARIO de Luis Martínez-Falero

Cuando hablamos de la mirada del artista, generalmente nos referimos a la pintura o a la fotografía, es decir, a la perspectiva, a una manera personal de ver. En este sentido parece apuntar también la Estética clásica, partiendo del primer tratado de este saber, la Estética (1758) de A. G. Baumgarten. La Estética nacía así como una teoría de la percepción, con la vista como instrumento principal, tanto para el creador como para el espectador. No obstante, la poesía ha sabido también jugar con la imagen, transformando nuestra percepción del mundo, deteniéndose en detalles que pasamos por alto habitualmente, o creando imágenes nuevas y sorprendentes.

En esta línea poética, donde la mirada ocupa el centro mismo de la creación del texto, cabe inscribir este minuto interior de Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980), Premio Adonáis 2009. Al recorrer sus páginas asistimos a paisajes de diferente naturaleza, interiores y exteriores.

El libro arranca con un poema, “Manantial de luz”, que supone ya toda una declaración de intenciones: …Así es la luz que brota de la sombra: / prende el aire y revela / una primera imagen de este día; / es el gesto caduco del albor / que traza garabatos en la bruma insondable… La escritura está presente ya en unos elementos naturales en torno a los cuales Rubén Martín articula su libro, creando un cosmos propio, ofreciéndonos su mirada particular. Esta mirada del poeta construye con palabras su mundo interior, que pasa a nosotros para ser nuestro, para que con sus versos construyamos una mirada retrospectiva que nos haga ver también el mundo con ojos nuevos.

La tierra de La Mancha, el mar o el cielo, el vuelo de los pájaros o el paso de las estaciones (a veces en transición, como en el poema “Un día de finales de otoño”) se constituyen en un escenario vivo, por vivido; en imágenes que pasan ante nuestros ojos, mediante una evocación que no sólo las refleja sino que las trasciende. Es por esto que la visión del poeta pasa a ser la nuestra. Rehuye cualquier posibilidad de costumbrismo o localismo para hacernos partícipes de un mundo propio que es el nuestro, que ya es nuestro conforme avanzamos en la lectura, porque en el fondo estamos hablando de una lectura de acontecimientos (más o menos cotidianos) que, al convertirse en materia poética, adquieren el valor de lo eterno, de aquello que forma parte de nosotros y que se manifiestan en las palabras ajenas de estos poemas. Descubrimos así la profunda armonía del mundo y la del mundo con el ser humano (el poema “Armonía” resulta muy significativo), a través de una poesía que se aleja de los retoricismos vacíos (¿qué otro modo habría para hacerlo?), que busca en sus ritmos pausados el ritmo mismo de la reflexión que se nos ofrece a lo largo de estos poemas. Así, en el poema central del libro, que le da título, se afirma:

…Necesito escuchar mi propio pulso

como si fuera mío de verdad,

vivir este minuto prodigioso,

este tiempo interior en la quietud,

donde todo respira a través de mi cuerpo…


Ese minuto es el de la reflexión y el de la manifestación en forma de lenguaje de todo un cosmos, donde el mundo exterior y el interior se funden y se identifican, como en la poesía de Claudio Rodríguez. Porque este libro es también una ebriedad de la luz y la palabra, una ebriedad del ser que abre su lenguaje a la fascinación de un mundo en continuo cambio, que se transforma por el lenguaje, por la fascinación de un lenguaje que es incapaz de manifestar al ser y se convierte en imagen pura, en imagen del amor (como en el poema “Nocturno”) como esencia misma del ser humano, y en imagen de lo variable y eterno.

La poesía de Rubén Martín Díaz posee la luminosidad de un lenguaje trazado desde la sencillez de quien ha convertido en palabra el descubrimiento del mundo. Por eso no resulta extraño que el último poema del libro tenga por título “El último relumbre” y suponga, en definitiva, la última manifestación de la luz que inunda cada página:

…La claridad es nuestra, tú lo sabes,

está en nosotros y no entre las cosas.

¿Qué importa entonces esta extraña paz,

este breve descanso que da el sueño?

Mañana el día romperá de pronto,

con un sol inclinado hacia nosotros,

y sabrá iluminarnos con su luz.

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