sábado, mayo 14, 2011

Acantilados de papel, 359: Laietana, poemas que olvidé escribir de joven


FICHA:
LAIETANA. POEMAS QUE OLVIDÉ ESCRIBIR DE JOVEN
de Alma Pagés
Edita: Ediciones Crusoe
Madrid, febrero de 2011
EnlaceGénero: poesía
Encuadernación: rústica
ISBN: 978-84-938080-8-2
76 páginas.
Página de la autora.




COMENTARIO de Fulgencio Martínez.
Este segundo libro de Alma Pagès contiene dos itinearios, reunión líricamente justificada por presentar en su totalidad un movimiento completo del yo poético: de la luz perdida en la infancia, al reencuentro con la luz y su celebración por la palabra.

El libro recoge maravillosamente esa estructura, que responde a su contenido metafórico. La primera parte, titulada “Laietana”, evoca la ciudad de Barcelona, la antigua ciudad ibérica de Laie, encaramada a la montaña de Montjuic, origen del nombre de una de

las actuales arterias de Barcelona: Via Laietana. En la sucesión de sus tres secciones, Soledad, Rambla de les flors y Vía Augusta, la voz que dice en los poemas del libro se deja teñir por los recuerdos infantiles, y por la distancia física y temporal, para acompañar al lector en un paseo por la ciudad interior. Como en un regreso ad paradisum o ad inferos, la poeta es, al mismo tiempo, su Virgilio y su Dante... y también, el lector. Los poemas avanzan desde la soledad a la multitud, desde el sentimiento de ternura al horror. Arrancan de aquella especie de acrópolis, que produciría una sensación de protección y refugio, si no fuera porque ahora la niñez perdida, es recordada con zozobra – así ya los primeros versos preludian los dos tonos emotivos del libro, la ternura y el horror (a los que se añadirá, en la segunda parte de la obra, un nuevo tono: el entusiasmo):

La niña perdida

se acurruca temblando

Guarda en su memoria

la voz del cariño y

la voz del horror

Ya dentro de la segunda sección, los poemas sugieren pérdida, orfandad: aquel golpe más terrible, aún, si ocurre cuando el corazón comienza a abrirse y a florecer; finalmente, los versos salen a la calle más ruidosa y expuesta al mundo, Vía Augusta, en la que la locura, la destrucción reinan, y donde “el sarcasmo del verdugo/ emponzoña la memoria”.

Alma Pagès, desde hace años radicada en Madrid, ha conseguido presentar de una forma delicada, sugerente y fluida una composición compleja, donde la memoria personal de su Barcelona natal se tiñe de resonancia mítica, y a la inversa, también el viaje mítico se llena de vivencia personal. Pero, más aún, detrás del tiempo interiorizado del libro, se adivina un tiempo real, histórico, en los poemas: la pérdida y derrota del poeta lo es también de un tiempo histórico, en concreto, de España.

De este modo, el libro se ilumina a una nueva luz: ya no es la historia de un individuo, sino la historia de una familia y, por extensión, la de España enfrentada al horror, a la locura y a la guerra, y que no supo ni sabe qué hacer con un cesto de flores en una mano y la otra dispuesta a pelear.

La segunda parte del libro, “Poemas que olvidé escribir de joven”, es una suite de poemas que celebran la luz, la juventud de siempre, el gozo guilleniano de vivir. La guía, para Alma Pagès, no puede ser, claro está, el maestro vallisoletano, que sitúa su voz en un círculo de eternidad que se cierne sobre este instante y le da plenitud. Al revés. Es el presente el que se mueve hacia su afirmación plena, trágica a la vez que vitalista; y en la poesía de Alma Pagès, tan delicada y sutil, ese esfuerzo no deja de traslucirse de manera que sus poemas se vuelven trimensionales, no planos como dan la impresión, muchas veces, los del autor de “Cántico”.

Acierta, con sabia intuición, la poeta al poner su palabra afirmativa, finalmente gozosa, en diálogo con otro gran poeta: Claudio Rodríguez. El primer verso de Don de la ebriedad anuncia esta segunda parte que comentamos. Es Claudio Rodríguez el poeta castellano que usa giros expresivos más coloquiales (entiéndase bien: coloquial es el lenguaje sabio y natural del pueblo; no los modismos y los estereotipos degradados), en un poema suyo da la sensación de que habla consigo mismo y de la forma en que habitualmente se expresaría en la conversación. Pero, lejos de ser un poeta fácil, es Claudio Rodríguez nuestro poeta más nietzscheano: por ese fondo trágico afirmativo de la existencia, que además lo posee, lo embriaga, lo aniquila. Hago estas observaciones porque, como en Claudo Rodríguez, la claridad de la poesía de Alma Pagès nos puede ocultar su complejidad (temática) y su sutileza (retórica).

Advertiremos ya el guiño de dialéctica temporal presente en el título de esta parte del libro: “Poemas que olvidé escribir de joven”. ¿Cuál es el foco y el tiempo en qué están escritos? ¿Si fueron olvidados de escribir, entonces no se escribieron, y ahora estos poemas acuden a rellenar su vacío? O, mejor, la poeta ¿se traslada a aquel tiempo suyo “joven” para traer los poemas que estaban ya ahí, y olvidó en su partida de la juventud?

Guiño sobre guiño: olvido/memoria; juventud/ madurez/ silencio/ palabra.

Quizá esta complejidad sea lo de menos para la poeta, así como para la eficacia de sus versos sobre el lector. La poesía, como un don gozoso recibido en la madurez humana, tiene la capacidad de transportar a un mundo que acaba de ser creado. Y éste es el lugar, en efecto, desde donde habla Alma Pagès en la segunda voz de su libro.

¡Es tan nuevo el mundo! (…)

Hoy daría mi vida por la Vida

Por la dignidad en el mirar de las mujeres

Por la ternura en las manos de los hombres

Por el eterno reír de la infancia

Por último, no quisiéramos dejar de señalar la hermosa convivencia, en esta obra, de las lenguas castellana y catalana. Hay poemas solo en catalán o solo en español; y otros – o a veces una estrofa – que se dan en ambas lenguas y -¡maravilla!, hallazgo poético- siendo el mismo contenido en ambas versiones, no es traducción de una a otra. El poema gana con su expresión en dos músicas diferentes.

Ferit, como el drac

D'un conte amb lletres tancades

Cançó de bressol en la veu del vent (…)

Herido, como el dragón

de un cuento con las letras cerradas

Canción de cuna en la voz del viento (...)

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